Amar a través del arte

Existe el amor romántico. Al mismo tiempo, podemos hablar de amor entre padres e hijos, de amor fraternal, de amor platónico. Pero, ¿no es también amor aquello que derrocha el artista cuando se dirige a su público? ¿Cómo podría definirse este tipo de amor?

Somos artistas porque tenemos algo que decir. En primer lugar algo que decirnos a nosotros mismos, pero en la mayoría de ocasiones también algo que expresar al resto del mundo. Depositamos nuestra esencia en cada canción, en cada representación o en cada figura modelada con nuestras propias manos. Y aquellos que nos escuchan, leen u observan nos conocen un poco más, indagan en nosotros de algún modo. Se teje un hilo invisible entre ambos, creador y público.

Por ello hay amor en el actor o narrador oral que, sobre el escenario, utiliza su cuerpo y su voz para cautivar al auditorio, sembrar una semilla de conciencia o hacer sentir al espectador menos solo al verse reflejado en las historias que escucha. El artista ofrece, pero el público también: los aplausos, las sonrisas, las miradas atentas, los gestos de sincero agradecimiento y admiración son el alimento del artista. De este modo, se produce un intercambio silencioso donde ambas partes se ven beneficiadas. Hay amor porque hay generosidad y afecto.

El amor del que hablamos está presente cuando cualquier persona consume cultura, ya sea en un teatro o en su hogar, pero es mucho más evidente y palpable cuando toma forma en directo. Porque amor también es humanidad, y nada hay más humano que mirarse a los ojos; disfrutar en primera persona, con todos los sentidos, del mensaje del artista, que ha invertido horas de energía y emoción ensayando para hacer a la gente disfrutar. Por eso afirmamos sin ninguna duda que nada puede sustituir la humanidad del artista en directo, más sincera que a través de cualquier pantalla.

Finalmente y no por ello menos importante, considerar al público inteligente también es un acto de amor. Implica desterrar toda soberbia, asumir la inteligencia y la capacidad del otro para comprender y manifestar curiosidad. La condescendencia es lo contrario al amor. Y un artista condescendiente difícilmente puede amar; más bien despreciar.

Amor y arte comparten mucho más que el número de letras con el que se escriben. Sólo hay que atreverse a abrir el corazón.

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